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jueves, 10 de diciembre de 2009

Vivencia en Isla Negra por Helena Matter

Aquel recuerdo rondaba mi mente, el olor a mar, las olas reventando contra las rocas, día y noche me invadía ese sentimiento, esa nostalgia por volver a pisar aquel suelo de piedra, percibir el frío del lugar y al mismo tiempo el ardor de los rayos de sol acariciando mordazmente mi poca piel descubierta, y adentrarme a buscar la magia que cautivó al hombre y su esposa que habitaron allí. Sí, Isla Negra tiene su encanto y todo aquel que visita su terreno se ve envuelto en su hechizo.
Llevaba doce años sin visitar mi tierra de origen cuando apareció la oportunidad de reencontrar mi cultura olvidada y poder recorrer los pasajes que forman parte de mi ser. Sin duda alguna quise refrescar el recuerdo de Isla Negra, ya que tan sólo tenía seis años cuando la visité por primera vez.
La primera impresión es importante, pero en mi opinión no necesariamente es la más importante. El viaje duró aproximadamente unas tres horas desde Santiago hasta Isla Negra, durante todo este tiempo me invadieron las ansias por llegar, no se debía al conocimiento de la historia sobre el sitio que me dirigía a visitar, sino porque mi madre me aseguró que me iba a encantar. Mi primera impresión fueron las personas. El lugar se encontraba repleto de turistas, vendedores e indudablemente, como si no sobraran, de ladrones. Recuerdo los árboles que se encorvaban para formar un túnel y por él cruzaba un camino de tierra. La sombra de los árboles me acogía, percibí la humedad en el aire y noté pequeños orificios dentro del túnel de ramas y hojas por donde se colaban finos rayos de luz formando a su vez todo un espectáculo para mis ojos. De repente escuché a mi madre decirme que caminara más rápido, fue ahí cuando me dí cuenta del gentío que se hallaban caminando apresuradamente hacia mí, y así como las olas de mar arrastran pedazos de madera de la orilla, me vi envuelta en la ola de personas. Vi a mi madre y finalmente llegamos a la vieja casa.
Entré por la puerta y llegué a una gran habitación de piso de piedra. Aun recuerdo la frescura del lugar. ¡Cómo olvidar la humedad y el sonido de las olas de fondo dueños del sitio! Escuchaba en la proximidad la peculiar melodía que hace el mar cuando choca contra las rocas, sin embargo, no lograba ver el agua. Esperamos un rato y seguidamente un instructor tenía el deber de darnos un paseo por la casa. Todavía sigue fresco el recuerdo de los cientos de frascos de vidrio de todos los colores y formas inimaginables, los muebles extraños, y figuras de mujeres talladas finamente en madera, tiempo después supe qué eran; mascarones de proa. La casa de piedra esencialmente con techos de madera barnizada infundía cierta magia, no obstante, los verdaderos hechiceros fueron los objetos que habitaban el inmueble. Las cosas que se podían encontrar allí eran extrañas, de colores, muchas ni sabía para qué servían, antiguas y otras no tan viejas, útiles y otras no tanto. Los ventanales me permitían divisar el azul del mar y un poco de arena… El mar ese día no se encontraba de buen humor, lo supe cuando posteriormente a la conclusión del recorrido por la casa me acerqué a las rocas donde reventaban las olas, de repente me encontraba mojada y con frío, el viento azotaba peligrosamente y en el cielo casi no se observaban rayos de sol, pero la vegetación, el ambiente y aún el clima obscuro en que se había transformado durante el transcurso del día, hacían de Isla Negra imponente ante cualquier otra región circundante. Sí. Neruda y Matilde se habían enamorado del lugar al igual que yo lo hice a mi corta edad de seis.
Años después he de insistirle a mi prima que me acompañe a visitar Isla Negra. Don Augusto, el dueño de las marisquerías más famosas de Chile en donde casualmente cantó Pavarotti, se ofreció en acompañarnos. La ruta hacia Isla Negra se encontraba llena de viñedos, muchas de las mejores casas de vinos se encontraban circundantes a la carretera. Duramos poco, habían transcurrido muchos años y en ese lapso el gobierno chileno se había dedicado a construir carreteras y autopistas. Finalmente llegamos a Isla Negra. Esta vez no había gente, por buena suerte se me ocurrió viajar a Chile justo después que acabaron las vacaciones, por lo tanto todo se encontraba vacío. Algo había cambiado, no me ubicaba espacialmente hasta que hallé el túnel de árboles, pero el camino de tierra ya no existía más, le había dado paso a un camino de asfalto. Entré por las mismas puertas de la primera vez, la habitación de piso de piedra estaba casi vacía. Recordé a un pintor apoyado en una biga representando en su papel el movimiento de la multitud, yo curiosamente me aproximé y pasé bastante tiempo contemplando la evolución de la pintura hasta que el llamado de mi madre interrumpió aquel momento. El recorrido por la casa fue el mismo, las mismas cosas viejas, raras y coloridas, los mismos mascarones y muebles, aunque cambiaron de lugar un mascarón ubicado en el dormitorio del poeta y se lo hice saber al instructor, él con una cara de sorpresa me contestó que nada en la casa se había movido, yo tercamente le insistí que sí. Cada rincón de la casa tenía la esencia de Pablo, murió en 1973, pero sigue vivo en cada espacio, mueble, cosa, planta, grano de tierra, toda Isla Negra se ha impregnado de Neftalí.
Terminado el recorrido de la casa y después de haber refrescado mis recuerdos, decidimos comer en el restaurante que forma parte del inmueble. Los pisos de madera nos dirigieron a nuestra mesa localizada en un lugar privilegiado, frente a una ventana que nos dejaba vislumbrar la belleza del mar. Tomamos vino. No podía falta la bebida, un buen chileno siempre toma vino sin importar el lugar ni la ocasión, nunca vas a desentonar si estás en Chile, porque es más un deber que un querer como chilenos, aunque bien disfrutado. me invadió un sentimiento que es difícil de expresar al encontrarme en Isla Negra en ese preciso momento, tomando vino, contemplando el oleaje y al voltearme a mirar por la ventana que se encontraba a mi costado izquierdo, divisar el campanario que hacía sonar Pablo cuando lograba percibir la presencia de embarcaciones navegando frente su casa. Cada detalle hizo del momento algo espectacular, hice un viaje en el tiempo, sentí que crecí junto a Pablo, compartiendo vivencias desde la infancia, donde jugábamos en los vagones de los trenes, hasta la adultez; Birmania, Madrid, Singapur…hasta tu muerte. ¡Oh Nestalí! Me has dejado, nos has dejado, pero aún te recuerdo, te recordamos en cada palabra que has escrito, te recordamos por tus actos, te recordamos por ser el amante secreto de nuestra sed por la poesía. Y de esta manera seguí contemplando el paisaje privilegiado de Isla Negra, tomé un sorbo de vino, “por eso yo busqué entre las uvas y el viento lo mejor de los hombres” y encontré en las uvas y en el viento de Isla Negra a Pablo Neruda hablarme sigilosamente al oído.

1 comentario:

  1. Hay muchas personas que escriben por escribir, otras escriben por pasión y gusto, encontré en esta crónica de viaje lo segundo, pasión y gusto, la magia de escribir se da cuando alguien lee algo y lo siente por sí mismo, lo vive lo respira… Esto fue lo que hallé aquí, por un momento me sentí en la Isla Negra también.

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